EL TERCER DEBATE Y LA COMUNICACIÓN DE LOS CANDIDATOS

En este último debate de los presidenciables realizado en Mérida, pudimos ver desde la comodidad de nuestra casa a un Andrés Manuel bronceado, a un José Antonio Meade más relajado y a un Ricardo Anaya no tan risueño como acostumbra.

Antes de su llegada, los candidatos pasaron por un problema de vestimenta causado por el INE, ya que éste les solicitó que fueran con traje y luego con guayabera y por último con traje otra vez. Utilizando los cuatro, al fin, un traje azul marino adecuado al clima cálido de Mérida que por su color proyecta amabilidad y conocimiento.

Los presidenciables se notaban más cómodos y es que evidentemente estar sentados y frente a una mesa, así lo permite. Sin embargo, cada palabra, gesto y ademán que hagan sí cuenta, porque de ellos depende la confianza que tienen y que nos transmiten.

Por un lado, tenemos a Andrés Manuel López Obrador, que no se caracteriza por tener una gran capacidad de debatir y que batalló demasiado con los tiempos, haciendo grandes pausas, alargando las palabras y utilizando muletillas, lo que le permitía sólo llegar a contextualizar su idea, pero no a brindarla.

Aunque su vista se perdía, su sonrisa y su movimiento corporal lo hacían lucir más cómodo que en ocasiones previas, pero se notaba su molestia porque sacaba los dientes y subía la cabeza con la participación de Meade o Anaya, especialmente después de que le dijeron corrupto.

También está José Antonio Meade, quien decidió no ocultar su vitiligo y utilizó sus tiempos magistralmente, aprovechando hasta la última oportunidad para explicar sus ideas y atacar al candidato puntero. Sin duda, comparado con el primer debate, su mejora ha sido impresionante, aunque debe trabajar algunos temas de vocalización, ya que se comía letras e incluso cambiaba vocales. Tal es el caso de una vez que dijo “pagar” y se escuchó “pegar”.

En su lenguaje corporal, podíamos ver que estaba inclinado hacia el frente en señal de interés, sus hombros se mantuvieron abajo y sus manos trabajaron en conjunto con su cuerpo. Sin embargo tenía un tic nervioso en el cuello entre pregunta y respuesta, denotando inseguridad y estrés.

Por último, Ricardo Anaya, quien ya sabemos que tiene muchas habilidades con el habla, utilizó técnicas demostrativas mediante el celular y cartelones, algo que lo caracteriza y es de gran utilidad visual para el televidente. En esta ocasión, Anaya no estaba tan risueño como siempre, de hecho con la altura de sus hombros y su tono de voz comunicaba molestia e incomodidad.

En resumen, si juntamos los tres debates, Andrés Manuel pasó el trámite que evidentemente no era de su agrado, Meade mejoró y Anaya fue de más a menos. Lo único que me llama la atención es que Meade y Anaya no le hablaron nunca al corazón de la gente. Como si no importara lo que sienten, sólo lo que deben pensar. 

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